De tanto en tanto, a partir de casos resonantes recogidos por las crónicas periodísticas, se instala en la sociedad el tema de la muerte digna, y de algunas aplicaciones más extremas como son la muerte asistida y la eutanasia.
Hablar de muerte es enfrentarnos a nuestra propia finitud, tomando conciencia de la irreversibilidad de esta circunstancia. Derrotados en nuestro deseo de eternidad y trascendencia, nos enfrentamos al más grande y más irresoluto de los dilemas: el final, el ya no ser. Indefectible, misterioso, y en soledad. ¡Qué paradoja nos tenía preparada la vida! Tanta búsqueda de respuestas para una sola certeza: la muerte.
Si partimos de la definición de “digno” que nos brinda el diccionario de
En nuestro país, las provincias de Río Negro y Neuquén, han legislado sobre el derecho a la muerte digna, reconociendo a los pacientes terminales la facultad de oponerse a tratamientos médicos que no estén estrictamente orientados a paliar el sufrimiento y el dolor. Es probable que estos regímenes legales presenten aspectos criticables o que sean perfectibles. No desconozco que estas soluciones legales puedan obedecer a intereses más mezquinos que el bienestar del ser humano, aún en el final de su vida. Pero es un paso y como tal debe ser valorado; un intento por mejorar un sistema de salud que, como sabemos, presenta más de una rendija. Como bien dijo un Ministro de uno de los llamados países desarrollados : “algo debe andar mal, cuando gastamos el cincuenta por ciento del presupuesto de salud en los últimos noventa días de la vida humana”.-

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