martes, 11 de agosto de 2009

Los superpoderes: reforma del art. 37 de la ley 24.156 (Tercera parte)

Presidencialismo y Parlamentarismo

La tendencia a una mayor concentración de poder en el Ejecutivo, en desmedro del equilibrio que debe existir entre los poderes del Estado, es otro de los factores que redundan en una menor calidad institucional. Para algunos autores, el gérmen de este debilitamiento radica en el propio sistema presidencialista, y considera al parlamentarismo como el antídoto natural a estos remanidos intentos.

Partiendo de la caracterización de los dos sistemas en forma pura, y dejando de lado los matices y variantes que se advierten en el derecho constitucional comparado, podríamos decir que los sistemas parlamentarios apuntan al equilibrio que debe existir en la distribución del poder, mientras que el sistema presidencialista privilegia el principio de separación de poderes, lo que favorecería, en opinión de algún sector de la doctrina, las políticas de consenso, en el primer caso, y las confrontativas, en el segundo.

El sistema presidencialista se plasma por primera vez con la Constitución de los Estados Unidos, y es tomado a partir de allí, por las constituciones de numerosos países, en especial latinoamericanos; mientras que el parlamentarismo es propio de los países europeos, el presidencialismo lo es de los sudamericanos. Esta primera observación, ha llevado a algunos pensadores a concluir que la inestabilidad institucional, y la alternancia entre fuertes liderazgos personales y períodos de vacio de poder, propia de los estados de la región, es causado por el sistema de gobierno elegido, y se vería morigerado si se virara a un sistema parlamentario o semiparlamentario. Esta línea de pensamiento fue la que inspiró la incorporación de la figura del jefe de gabinete en la reforma constitucional del 94, aún cuando aparece, en función de las atribuciones conferidas, como un cambio más formal y cosmético, que una verdadera renovación del sistema institucional.

Desde otra perspectiva, otra vertiente del pensamiento político sostiene que existe en Latinoamerica una tradición històrica de liderazgos personales fuertes y una cultura e idiosincracia que hace posible la implementación de este sistema, que mira con buenos ojos, o cuanto menos ofrece muy poca resistencia, a este sobredimensionamiento de las atribuciones del Ejecutivo.

En nuestro país, por lo general, la bonanza económica genera estabilidad política. En tiempos de crecimiento económico, esté o no acompañado de una política redistributiva adecuada, la sociedad en su conjunto no presta atención a la calidad institucional. Se toleran los liderazgos fuertes, la concentración del poder, el debilitamiento de las instituciones. Los intereses partidarios y sectoriales se erigen sobre los intereses nacionales, ante la mirada indiferente de la ciudadanía que parecería que digiere todo mejor con el bolsillo lleno.

No todo es una cuestión de ingeniería institucional. El civismo y la cultura política de la población están por encima de cualquier diseño. Cualquier sistema, con sus luces y sombras, resultará adecuado, con un electorado responsable y una clase política que trabaje por la grandeza del país, dejando de lado sus apetencias personales.

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